Minucias del empleo público

Cumplir horarios, tener metas, objetivos y temor a la reprimenda; quizá así se defina un trabajo remunerado promedio en el sector privado. En algunos, incluso, existe la motivación suficiente y la ilusión de un ascenso. Pues bien, en el empleo público escasea todo lo antes mencionado.
Va de suyo que en el empleo público debería primar la meritocracia y el acceso por concurso pero sabemos que no es así. Todos los que acá estamos es porque llegamos de la mano de alguien: un conocido en RRHH, un amigo que puso tu CV al tope de la pila, un familiar con rango de director, etcétera.

Con el correr del tiempo en la oficina se produce un fenómeno silencioso que avanza indetenible: se trata de un proceso de diferenciación entre unos y otros que radica en que algunos encajamos con el perfil de la búsqueda de recursos humanos, otros lo hacen con fórceps y, claro, también están aquellos que sencillamente no sirven para nada: la consecuencia, más allá de la obvia para el erario público, es que la distribución de las tareas será desigual.

En el empleo público están los que carecen de vocabulario y los abogados, que no saben qué hacer con el mismo. Algunos abogados adoran tirar siempre alguna expresión en latín, por más nimio que sea el tópico de la conversación; otros, en cambio y sin razón aparente, temen con pavura el uso del punto y seguido en sus escritos. No todos los abogados son así pues los conozco políglotas, ilustrados y de prosa amable pero, valga la aclaración, los que recalan en el estado suelen ser, a veces, lo peor del colegio.
La existencia de una modesta biblioteca y una enciclopedia en la familia puede hacer mucho por uno. En especial en épocas de decadencia. El empleo público consiste, en gran parte, en darle contenido a plantillas cuyas carcasas están hechas de antemano: memorandos, notas, convenios, etcétera. A veces no basta con cambiar los nombres y las fechas de cada plantilla, sino que hay que escribir. Y es allí donde el pequeño Larousse (en mi caso la enciclopedia Lexis 22) hace lo suyo: con muy poco (e insisto al límite de la verguenza) uno sobresale.

En el empleo público somos pocos los que aún recordamos vagamente la teoría de conjuntos y los diagramas de Venn, lo cual hace que tener que explicar la diferencia entre departamento, municipio, localidad y cabecera de partido se torne una tarea titánica. Al día de hoy, en la repartición en la cual trabajo, muchos aún piensan que la ciudad de Buenos Aires pertenece a la provincia de Buenos Aires.

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