De cómo fue que el viejo Timoteo casi me arruina la vida

Lo que pasó es para mí ahora como un cuento de Fontanarrosa, amigos. Es una versión de “19 de diciembre de 1971”. Todos triperos menos mi viejo, de Independiente. Primera parte de 1995, yo, entusiasmada, me enganchaba en todas las de visitante. Fuimos en avión a Salta y a Córdoba en unos charter que fletaron que salían del aeropuerto de La Plata, aeropuerto que es una calle nomás, imaginen, no funcionaba desde 1940, ponele. Fuimos a Rosario, en miles de micros. En auto, a todas las canchas de Capital y conurbano. Navegabas por las calles del conurbano y no te perdías ni loco porque siempre había un tripero de referencia en una esquina comiendo un chori, fumando un faso, con la bandera puesta como una capa, con el gorrito piluso, saludo y bocinazo de rigor. La autopista, amigo, ida y vuelta, una locura la caravana, todos colgados de las ventanillas, de las chatas, con un brazo clavado en la bocina y el otro portando la birra. Y cuando jugaba en el Bosque arrancábamos tipo 11 de la mañana para encontrar buen lugar. Explotaba el Bosque, amigos, no entraba nadie.

El Lobo estaba en todos los diarios. Noce, Sanguinetti, Morant, Ortiz y Dopazo: los caballeros de la noche, la defensa; y estaban los mellizos, claro, qué voy a agregar de los ídolos que no se haya ya dicho. Estaba Lagorio, el del gol en cancha de Ferro. Y estaba el viejo Timoteo, el master de los masters para la mayoría de los triperos. Porque mirá que había triperos que no se lo bancaban al viejo pero se lo fumaban porque estábamos tocando el cielo con las manos. Esos cuatro o cinco anteúltimos partidos que ganamos en el último minuto. La ciudad era una locura, amigos, pero una locura completa. Nada importaba, nada. No importaba la escuela, no importaba la facultad, no importaba el laburo, no importaba nada, ni dónde estacionabas, nada. Los diarios de Buenos Aires se dedicaban al Lobo. Victor Hugo hablaba de Timoteo y del Lobo. Contaban boludeces, cómo se había conocido Dopazo con su novia, esas cosas. Entrevistaban al padre de los mellizos, era todo de, para y por Gimnasia. Fútbol de Primera se reservaba el horario central para que Macaya y Araujo hablaran de Timoteo y comentaran a Gimnasia.

Y los amargos, amigos, los amargos. Cómo estaban los amargos, daban gusto. Los más tranquilos no salieron durante esos meses. La camiseta del piyama no se vio en toda la primera mitad del año. Los más hijos de puta hacían trabajos, amigos. Hacían promesas.

Nosotros también hicimos promesas. Era estar despierto dentro de un sueño y saber que te tenés que despertar y sos consciente de que es un sueño. Y lo llevamos a mi viejo, que estaba loco de contento de vernos a todos tan entusiasmados, mirá, había algunos de la familia que se habían venido de lejos a ver el partido, Gimnasia nos tenía en su puño, todo era amor amor amor, Yusi. Dejamos de pelearnos, compartimos más comidas y reuniones, algunos dejaron de fumar y de ponerse en pedo, se bañaban, se portaban bien, cortaban el pasto en lo de la abuela. Nadie, nadie armó ningún bardo con llevar a mi viejo, que estaba feliz con el entusiasmo nuestro, y que obvio, descontábamos que vendría porque ya lo habíamos llevado medio de cábala a unos cuantos partidos en el Bosque.

Llegó el domingo de la final. Caímos temprano a la cancha ese domingo. Mi viejo se quiso quedar abajo pegado al alambrado, para evitarse subir los tablones. Era un mar de gente, un horror. Todos los demás nos ubicamos en nuestros lugares relativos respecto unos de otros (yo abajo de tal, vos al costado de tal) arriba medio al medio la tribuna que da de espaldas a calle 1, casi en la ochava con la cabecera que da sobre 60, porque esa tribuna ese día estuvo habilitada para nosotros a pesar de ser visitante.

Fue el gol de Mazzoni. El espanto. Todo se murió. La vida se terminó. La muerte, amigos, fue eso. Los viejos a mi alrededor lloraban. Los nenes a mi alrededor lloraban. Yo tenía una congoja inexplicable y estaba, cómo decirlo, en shock. Me preocupé inmediatamente por tener bien identificado a mi viejo, que había tenido un bobazo hacía un tiempo y no quería terminar en la guardia del hospital. De repente, lo ubico, ahí está. Lo miro. Estaba quietito mirando hacia nosotros, con cara de nada, los ojos bien abiertos, de espaldas a la cancha, mientras todo en silencio se arrastraban hacia la salida. De repente, me acuerdo. Es de Independiente. Nos miramos entre todos en el tablón. Nadie dijo nada. Él tampoco.

No sé bien cómo llegamos a lo de una tía. Había ahí otro tío, el que había venido de lejos a ver el partido (mintiendo en su laburo que una tatarabuela se le estaba muriendo) le armó bardo a mi viejo por ser de Independiente. Un bardo lindo, bien hecho, se putearon, mi viejo lo mandó al carajo.  El resto nos fuimos a casa. Ellos se quedaron.

La locura en la calle. La ciudad era de los otros colores, amigos. Bombas de estruendo, fuegos artificiales, murga, fiesta completa. Cómo salir de esa. En casa ya, a Charly le dio un raye. Lo encuentro a oscuras, en una de las habitaciones, con la ventana abierta, escuchando el festejo desorbitado de los contras. Me dice: “ganamos, ganamos, ganamos!” Tardé un rato en comprender que tenía un episodio verdadero de locura momentánea. Primero me reí, qué decís boludo, le dije, “pero no, fijate, ganamos ganamos! ¡Oís los festejos?”. En ese momento todos los demás no sé, desaparecieron. Charly se agarró de los barrotes de la ventana, y empezó a gritar festejando. Quedé atónita un buen rato, al lado de la puerta. Luego Charly se tiró en el piso, y yo no quería ni acercarme por temor a que reaccionara como un perro agredido y me mordiera. Aproveché y le dije: perdimos, flaco. Recién venimos de la cancha.

No recuerdo qué pasó el resto de la noche ni dónde caí dormida. Sí recuerdo que pasé un mes en un limbo. Días aciagos. Las actividades siguientes se remontan en mi cabeza a más o menos un mes después de ese puto gol. Caer en la cuenta. Y aguantar a los amargos. Y aguantar a los triperos que no se bancaban a Timoteo, eso fue lo peor, porque los del palo cuando te lo dicen te lo dicen en serio, con fundamentos futboleros, digamos, y sus elucubraciones entonces duelen el doble, porque son de tu palenque. Nunca jamás pude adjudicarle a mi viejo el haber perdido el campeonato ese domingo, sino más bien a Timoteo. Y las declaraciones que hizo, amigos, diciendo que había preparado al equipo para ese partido como si fuera un partido más.

A Charly lo volví a asistir una vez más, en otra casa, recuerdo, el pobre flasheó unos murciélagos que no eran. No sé si la vez de los murciélagos fue un alucinógeno; pero lo que sí les aseguro es que, la vez del partido de mierda ese, Charly, no había ingerido nada. Tampoco sé si se hizo ver por esos intervalos pasajeros de locura. Nunca le toqué el tema a él. Dejé de verlo seguido, y tampoco toqué el tema con nadie. Me lo cruzo de vez en cuando, anda sórdido, espero que alguna vez grite de alegría. El Lobo dejó de importarme visceralmente, todo culpa del viejo Timoteo. Perdí la euforia, por años. Juré no volver más al Bosque. Pero me recuperé y en fin, acá estoy.

 

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