Botellas de agua

Cuando era joven y desocupado, a principios de los 2000, tenía la costumbre de salir a pasear en un horario tan insólito como las primeras horas de la tarde. El reciente apocalipsis nacional había raleado parte considerable de los comercios. La escasez de clientes era aún más notoria entre el mediodía y el ocaso, y a menudo me encontraba deambulando en una soledad tan completa que rayaba la metafísica: el estado de ánimo ideal para notar situaciones levemente anómalas aunque sin mayor importancia, como por ejemplo botellas de agua atadas con hilo o alambre a árboles, postes, umbrales, rejas. Un misterio minúsculo, pero misterio al fin. Eran pocas, pero proliferaron veloces.

¿Qué significaban, qué utilidad tenían, cuál era su razón? Algún amigo también las había notado, pero no barruntábamos nada concreto al respecto, y tampoco era para tanto. Pero yo disponía de tiempo.

Interrogué a vecinos —preferentemente, ancianas— y hasta a la verdulera. Resultó que todos habían escuchado que las botellas de agua evitaban que los animales domésticos vaciaran sus esfínteres en las cercanías del agua embotellada; si bien había ligeras discrepancias: algunos consideraban que el artilugio era anti-perros, y otros lo tenían por espantagatos. Había un núcleo esencial en la creencia, pero los detalles pronto estallaban: los animales se verían reflejados pero no reconocidos, y huirían. O su instinto les mandaba no contaminar con sus fluidos lo que aparentaba ser un curso o espejo de agua potable de potencial uso.O bien alguna clase de amabilidad o etiqueta ancestral e irracional pero no por eso menos considerada, en la versión más cándida. Un correntino me juró por su honor que en su terruño era común y eficaz colgar bolsas transparente de agua para ahuyentar a las moscas. Y, años más tarde, su versión me fue confirmada por un chaqueño.

En todo caso, la comprobación empírica demostraba irrefutablemente que las botellas no obraban el más mínimo efecto sobre las mascotas —lo cual no obstó para que siguieran sumándose vereda tras vereda; obligando al instituto Pasteur a emitir un comunicado que desalentaba esta práctica inútil que favorecía, en cambio, la proliferación del mosquito vector del dengue (una enfermedad muy apropiada a nuestra incipiente latinoamericanización).

Lo que más me llamaba la atención de todo este asunto eran los aspectos laterales; en particular, me fascinaba su completa gratuidad: el rumor había obviamente comenzado en alguna parte específica, aunque fuera imposible de rastrear, pero nadie se había aprovechado; cobrando por algún menjunje mágico que agregar al agua, digamos. O diseñando una botella con la forma y tamaño óptimos. Estas consideraciones eran sin duda aguijoneadas por mi pobreza y mi consiguiente necesidad de emprendimiento, pero temí con razón que ese mercado ya estaba monopolizado y yo no tenía ningún costado por el cuál competir. Así que el tema de las botellas fue archivado en algún recóndito rincón de mi memoria y mi interés.

La explicación llegó, como todo acertijo que se precie, varios años después, y por puro azar.

Una antigua novia, devenida amiga, que trabaja de enfermera en el hospital Churruca, trabó relaciones con un empleado bancario de cierto rango que había compartido brevemente sus estudios universitarios con un publicista de notable talento. (Comprenderá el lector mi imposibilidad de brindar nombres; y será indulgente con el delator: las cosas que se hacen en aras de la seducción y el interés.) Así la historia llegó a mí, y a continuación la reproduzco.

Un grupo de estudiantes de la universidad de Lomas de Zamora, bajo los auspicios del célebre profesor Di Maio, se dieron a la tarea de manipular una suerte de ligera histeria colectiva. (Si el término suena exagerado, piénsese más bien en una neurosis colectiva.) Este trabajo práctico debía consistir en la rápida difusión de boca en boca de alguna leyenda urbana, que preferentemente tuviera alguna manifestación material, es decir: que no quedara en un mero nivel discursivo. La solución fue en verdad brillante: hallaron un problema unánime (la orina animal), brindaron una solución sencillísima (la botella estacionada) y nominalmente con costo nulo (el agua). Contaban con el vago antecedente de las bolsas arborícolas que repelen a las moscas. Claudio Gerzovich Lis, director del Servicio de Comportamiento Canino y Felino de la Facultad de Veterinaria de la UBA, confirma que las primitivas moscas efectivamente se aterran con su propio reflejo y con el efecto de lupa que crea el agua embolsada.

Y, además, tuvieron la suerte que favorece a los audaces. Recordemos la atmósfera de decadencia en que este inocente engaño se gestó: con el colapso del país y sus instituciones, la gente, desesperanzada, estaba en condiciones anímicas de creer en cualquier cosa; aun en algo tan ridículo como esto.

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