Piano, alcohol y cigarrillos

Siempre lo veía de lejos, él ocupado en quedar bien y divertirse con los que lo iban a visitar a lo de mi abuela. No vivía acá, vivía en Europa. Se fue allá a probar suerte con una beca hace más de treinta años, siendo yo chica, época en la que no era una moda sino una locura irse a Europa con una beca. Se la había ganado una vez que integró la Camerata Bariloche e hizo con ella varios viajes por el mundo. Se fue durante tiempos difíciles de la Argentina. Era el destinado a tener éxito en la familia, el llamado a ser artista.

Cuando sucedía que estaba acá en el país -no venía seguido- todo era jarana, whisky, cigarrillos, asados, trasnoches, peleas con mi abuela. Mi padre lo rescataba de las juergas y de las sesiones que se daba con mi abuela de platos voladores y de valijas tiradas a la calle. Mi viejo lo llevaba mamado a dormir a casa (porque mi abuela le juraba no dejarlo entrar) y lo tiraba en la pieza de mi hermano hasta que se le pasara la curda, drenara la falopa, se le pasara el ataque de hígado. Yo lo miraba dormir tirado boca abajo. Esas eran las pocas ocasiones que tenía de verlo y sentirlo en familia. En esas condiciones una vez pasaron un año nuevo con mi viejo, solos, comiendo huevos fritos en casa mientras el resto de la familia aguantaba a mi abuela. Esa la imagen con la que crecí de Rob, mi tío materno.

Mi tío Rob tocaba el piano. Bien, bastante bien, lo suficientemente bien como para vivir como concertista solista, hacer cámara, y como profesor en Europa. Lo aprendí a querer ya de grande. Tampoco es que lo quise, lo acepté como lo poco que me quedaba y me unía a mi madre y mi abuela cuando ellas murieron. Cosas del bocho, qué se yo. Era en rigor un tipo despreciable. Pero yo quería estar con él, así que apechugué y traté de relacionarme más y mejor con Rob.

La mejor manera de compartir cosas con él era ir a Europa en lugar de esperar a que viniera acá.  Paseábamos en tren. Una vez le saqué el auto de un pozo lleno de nieve, cuando no daba ni cinco guitas porque pudiera maniobrarlo. Acá eso de vernos y charlar bien, como íntimos parientes, siempre fue imposible. Siempre con gente hablándole, buscándolo. Siempre buscando un piano donde tocar, siempre algún concierto para dar acá. Siempre de asado en asado. Siempre reunido. Siempre fumando, siempre en pedo.

Resulta que una vez se hizo dar una sesión de acupuntura por un chino, y el chino le arruinó dos vértebras con una aguja, inmovilizándole parcialmente dos dedos de una mano. Intentó muchas rehabilitaciones, y siguió tocando el piano, y dando clase, y fumando, pero ya no dio tantos conciertos. Se vino abajo. Empezó a venir menos a la Argentina. Fui a visitarlo a su casa, aunque yo esa vez estuviera en otra parte de Europa. Las mejores reuniones siempre fueron allá, allá él se manifestaba como realmente era. Fumaba espantosamente, se drogaba, tomaba, mentía, peleaba, me peleaba a mí, peleaba a otros. Luego de sus descalabros pasaba a sentarse al piano. Cuando tocaba el piano todo cambiaba. Su casona de tres pisos era un antro, pero ahí, en ese momento del piano, se convertía en un paraíso.

Ocurrió que me empezó a cansar ir a visitarlo. Pagaba yo todos los trenes, todos los viajes. Me salía caro. Era desgastante. Siempre terminábamos hablando de sus minas, de droga, de parientes muertos, de un tipo que había abusado físicamente de mí una vez y que él defendía, nos puteábamos. Siempre defendió al chabón. Siempre yo tenía la culpa. Pertenezco a una generación menos que él, así que por solo eso él asumía tener la razón.

Volé especialmente una vez para escucharlo en un concierto que se suponía iba a ser el relanzamiento de su carrera luego de que el chino le arruinara los dedos. No lo dio. Se cagó hasta las patas el día antes. Yo me quería matar. Nos puteamos. Me fui de la casa, cambié de país.

Cuando llego acá, me llama para avisarme que estaba mal del páncreas. Yo no tenía un mango para volverme a verlo porque recién retornaba. Nunca más lo ví. El adiós fue por teléfono, cuatro meses después. Tiempo más tarde me llegó una copia en un CD de un concierto que dio. No pude terminar de escucharlo, el cariño nuestro pasaba por putearnos y por escuchar su música salida caliente de las teclas. Se lo regalé a alguien.

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