Un país de creyentes

Todos los billetes de dólares tienen la leyenda “In God We Trust”. Es una expresión de la fe que profesan millones y millones de ciudadanos de Estados Unidos, que pueden ser descendientes del Mayflower o inmigrantes posteriores. Está muy claro que la tradición religiosa está unida a la historia y la identidad nacional.

Sin embargo, al visitar Estados Unidos la experiencia es otra. Si bien se ven iglesias y fieles, la actitud general es la opuesta a la de creencia.

Foto: Kevin Dooley

Foto: Kevin Dooley

Desde las medidas de seguridad en los aeropuertos y aviones, en todos lados existen recordatorios de lo que podría ocurrir si algo fallase. La desconfianza está presente siempre. Las salidas de emergencia están delimitadas y diferenciadas, con medidas para que no sean usadas fuera de una emergencia, como alarmas que suenan si la puerta se abre. Cada vez que hay un escalón, aparece la frase “Watch your step”, recordando a todos que es pertinente mirar por dónde se camina. Las advertencias vienen en todas las formas y colores, y para alguien que visita puede ser exasperante. ¿Por qué me avisan algo que ya sé? ¿Por qué no confían en que me voy a dar cuenta de los peligros?

En parte es la actitud que existe de hacer la sociedad a prueba de idiotas. Pero hay algo más. Es la revelación constante de que el “In God We Trust” de los billetes es mentira. En la práctica, el lema del país es “Watch Your Step”. La sociedad está acostumbrada a arreglárselas sin la intervención de dioses. Y eso significa que tiene que valerse por sí misma.

La ausencia de dioses en el día a día implica que cada uno es responsable por su vida y lo que hace. Cada uno busca su destino, sin que le sea marcado desde afuera. Como va a haber intereses contrapuestos, es necesario establecer sistemas que permitan resolver los conflictos en la forma más pacífica posible. Y se arman a partir de leyes que la misma sociedad fabrica, a través de representantes que surgen también desde ella.

Los sistemas de leyes e instituciones son lo que permite que funcione un país que no tiene protección sobrenatural. No hay reyes que vengan iluminados por los lazos divinos de sus familias desde tiempos ancestrales. Hay sólo personas. Y las personas son falibles.

Todas las sociedades están llenas de idiotas o malvados. O, si queremos ser más suaves, de personas que prestan atención a cosas distintas que los demás. Es necesario aprender a llevar la sociedad con ellos presentes. Incluso con la conciencia de la posibilidad de que puedan llegar a posiciones de poder. Y cuando más o menos sabemos que no hay ningún dios que nos va a proteger de ellos, lo que tenemos que hacer es protegernos nosotros. La sociedad se tiene que defender de lo peor que tiene. Y una manera de hacerlo es dejar claros los peligros, de forma tal que sean entendidos por la mayor cantidad posible de gente.

Esto no quiere decir que sea ideal o maravilloso. Está lleno de inequidades e injusticias, entre otras cosas porque es un sistema hecho por personas, no por dioses, y por lo tanto no cabe esperar nada parecido a la perfección.

Lo bueno es que existe un escepticismo saludable sobre aquellos que se arrogan infalibilidad. Una actitud de “tal vez exista un dios, pero no es ninguno de nosotros”. Se ve gran resentimiento cuando el Estado, o sea las personas que están a cargo de él, trata de imponer un criterio sobre todos. Es tratado como una violación del principio de que cada uno sabe qué hacer con su vida.

Lo que nos trae a Argentina, donde la actitud es opuesta.

La vida en Argentina esconde un optimismo permanente. A pesar de las falencias que se ven todos los días, se opera con la idea de que todo va a salir bien. De que los peligros no existen, o no nos van a afectar.

Nos subimos a trenes, colectivos, aviones y subtes que nos consta o sospechamos que están en mal estado de mantenimiento. Vamos a lugares en los que tenemos claro que en caso de incendio no podremos salir. Violamos las normas de tránsito más básicas sin siquiera preguntárnoslo. Elegimos y reelegimos gobernantes que sabemos que tienen intereses reñidos con los nuestros.

Es necesario ser optimista para hacer todo eso. Todos los días vemos optimistas, o ejercemos nosotros el optimismo. Armamos nuestra sociedad desde la confianza. No aspiramos a tener una sociedad a prueba de idiotas o malvados. No nos protegemos de los peligros que conocemos. Confiamos en que las cosas van a llegar a buen puerto, de alguna manera. Y cuando se producen catástrofes, nos sorprendemos. Preguntamos cómo puede pasar algo así, en lugar de sorprendernos de que no pasen más seguido. Tenemos expectativa de milagros: in God we trust.

Es la diferencia más importante entre ambas sociedades, y que tal vez venga de las tradiciones católica y protestante. En Estados Unidos los billetes proclaman confianza en Dios, pero no se ejerce: cuando se saca un seguro, no cubre accidentes naturales, que son llamados “acts of God”. Forman una sociedad laica, que acepta que la fe es un acto individual.

En Argentina, en cambio, aunque los seguros tampoco cubren esas catástrofes, la sociedad se maneja como si de todos modos no fueran a ocurrir. Nuestro sistema está armado a partir de la fe. No tenemos por qué prepararnos para lo que confiamos en que no va a ocurrir. No necesitamos protegernos de lo peor de nosotros. Nos manejamos con la base de que hay alguien más allá de nosotros que vela por nuestras vidas, sin importar lo que hagamos. Confiamos en Dios, mientras nuestros billetes proclaman “en unión y libertad”.

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