Vacío

Nunca me gustó hablar y, menos aún, contar las cosas que me pasan. Ser hijo único y vivir con mi madre me ahorró siempre la escena de sentarme en la mesa y hacer el resumen del día. Cuando era chico y me invitaban a alguna casa, comía con pánico de que llegue el momento en que me hagan pronunciar palabras delante de una familia completa. Con mi madre simplificábamos todo: ella hablaba de un montón de cosas triviales y yo la escuchaba alternando algunos “sí” o “no”. La cena era el único momento del día que compartíamos juntos. Con los años, como me molestaba inclusive hacer esos sonidos, me fui limitando a mover la cabeza hacia arriba o hacia los costados, sin necesidad siquiera de mirarla. Debo decir que ella siempre mantuvo sus monólogos sin esperar que yo participase más que como oyente. Terminada la rutina, nos saludábamos con un beso y no nos veíamos hasta la cena siguiente. La noche en la que tuve que contarle lo que me estaba pasando no nos alcanzó para cambiar lo que habíamos construído.

Sentí mareos al intentar bajar la persiana de mi dormitorio. Dejé la ventana abierta y me dormí. A la cena siguiente, mi madre me contó que un murciélago había entrado a la casa. Me sorprendí: ella no solía contar ese tipo de cosas. Esa noche, con los ojos semi cerrados y tanteando las paredes, me acerqué a la ventana. Tuve que aferrarme de los marcos para no caerme. Los mareos se habían conjugado con una voz interna que me decía que me tire. Grité. Mamá no me escuchó. Me dejé caer de espaldas sobre la cama, cambié la almohada de lugar, y me quedé mirando hacia la noche. Quise afrontar la situación, pero me dormí a los pocos minutos.

Durante todo el día esperé que sea la cena para hablar con mi madre. Había pensado en interrumpirla ni bien me contase de sus peleas habituales con el verdulero. Necesitaba contarle lo que me estaba pasando. La noté nerviosa. Era una excelente cocinera, por eso me sorprendió tanto que me siriviese el pollo muy crudo. Ninguno de los dos habló hasta terminar de comer. El silencio me desacomodó: yo no sabía cómo empezar una conversación con ella. Los dos teníamos la vista sobre los platos vacíos, pero llenos de sangre. Amagué a levantarme. En ese momento, y sin mirarme, me dijo “volvió el murciélago, ¿no?”. Sentí mucha pena por los dos. Me acerqué a ella, le dí un beso en la frente, y le dije “quédese tranquila, madre”.

Cerré la puerta con llave. Sospechaba de que en las últimas noches ella me había estado espiando. Con esfuerzo, me trepé a la ventana para esperar al murciélago, mientras me dejaba guiar por la voz interior. Antes, dejé escrita una nota. Habría sido muy descortés despedirme sin decir nada.

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