Mi corazón sólo deseaba seguir escuchándolas

El mito es tan fuerte que hace por lo menos dos mil quinientos años que lo venimos cantando, relatando, escribiendo, analizando, pintando, actuando, musicalizando, despedazando. Si me preguntan cuándo lo escuché por primera vez no tengo respuesta. Parece que está en mis genes. Soy parte de la cultura occidental y sé lo siguiente: Ulises (insisto en llamarlo así porque suena más lindo que Odiseo) se ató al mástil de su barca para escuchar el canto de las sirenas. Mientras ordena a toda la tripulación que lo acompaña taparse los oídos, él prefiere saber a qué suenan esas voces. La escena se encuentra en el canto XII, justo en la mitad de la Odisea. Apenas ocupa un par de estrofas. No hay siquiera una descripción medianamente exhaustiva de estas dos sirenas. Son hermosas y monstruosas a la vez. Yacen recostadas sobre un lecho de osamentas.

¿Cómo es que llega Homero a narrar esta aventura? Todo empieza en el Canto VIII, tal vez en una escena menos mítica pero sí más emocional. Ulises acaba de llegar a nado, solo y exhausto a orillas de la isla de Esqueria. Alcínoo, el rey del lugar, le brinda refugio. Por primera vez en mucho tiempo, Ulises puede considerarse afortunado. Alcínoo es un hombre hospitalario que ya tiene experiencia en brindar ayuda a otros héroes mitológicos. Apolodoro, en sus Argonaúticas narra que también recibió y alojó a Jasón y Medea, quienes venían huyendo con el Vellocinio de Oro a cuestas. Alcínoo ordena a preparar un banquete en honor a este inesperado huésped.

Por algún motivo, Ulises no le revela su identidad al anfitrión.

Sabemos que Platón le temía a la palabra escrita. Debilita la memoria. Pone afuera lo que debe ir adentro. ¿Para qué aprender un poema si al estar escrito podremos volver a él para recordarlo? Recordar algo olvidado no es saber. Los ojos están para ver el mundo y la mente para pensarlo. La escritura mezcla todo. «No es para la memoria, sino para la rememoración, que has descubierto un remedio», le espeta el rey egipcio Thamus al dios Thot antes de rechazar el don del alfabeto. Nadie puede tomarse en serio a quien cuida los jardines de la escritura. Pero solo ahí las ideas logran trascender. Después que nos interpreten como quieran, tal como hicimos y seguiremos haciendo con él, el proto-ludita de Platón. Y así hasta que no quede más mundo.

El tiempo erosiona las palabras y entonces suponemos que antes gozaban de una relación más genuina con el mundo. Nombrar distinto es pensar distinto. Por eso nos obsesionamos con el origen de las palabras y por como nombraban antes la cosa y por lo que la cosa misma representaba. Hace miles de miles de años, alguien, un día cualquiera, pegó un sonido a esa cosa que estaba arriba, que era celeste cuando el Sol brillaba y oscura cuando lo hacia la Luna. Nadie sabe si fue un mismo nombre para los dos estados de esa cosa o, en cambio, el cielo diurno era llamado distinto al nocturno. Una articulación particular de sonidos distinta a todas las demás sostiene el descubrimiento de eso que antes no estaba ahí porque aun no había sido nombrado. Levantaban la vista y no miraban lo que nosotros llamamos cielo. El cielo era parte del hombre. Nombrar por primera vez una cosa es arrancarla de adentro de nosotros mismos y devolverla a una naturaleza huérfana de nosotros mismos. El logos separa, deshila el ovillo de aquello que en algún momento vimos como uno. Entonces puede que tengamos la ilusión de que hombres sin tanta historia detrás llenaran las palabras de un contenido semántico más fresco y sincero. Retomamos el curso del río para redescubrir su fuente.

Diógenes Laercio cuenta que Solón fue quien impuso por ley cierto orden a los cantos homéricos que se venían transmitiendo oralmente desde hacía vaya uno a saber cuántos siglos. Dispuso que se representaran públicamente por rapsodas. Literalmente, rapsoda (rhapsoidos) significa «aquel que zurce la canción». El rapsoda luchaba contra la palabra escrita a través de la música, recordaba con la melodía y la rima, suturaba sus años de vida y su memoria con la vida y memoria de los otros para ganarle al tiempo. A veces creaba dándole cierta impronta personal a lo que recitaba. Pero no demasiado. Quien creaba la canción tenía otro nombre, aeda (aoidós), el cantante. Claro que si el rapsoda era quien zurcía los cantos creados por variados aedas, indudablemente debe haber habido un último rapsoda para la Ilíada y la Odisea, aquel que terminaría siendo la frontera entre la memoria y el jardín de la escritura, el útlimo zurcidor. Puede que ese sea quien hoy llamamos Homero.

Cuando Alcínoo dispone el banquete para agasajar a Ulises, quien canta es un aeda y no un rapsoda. Se llamaba Demódoco. Era ciego y tenía una voz (siempre la voz) maravillosa. Los hechos que Demódoco canta acompañado de su cítara habían sucedido tan solo diez años atrás. Demódoco recrea pasajes que ni siquiera son narrados en la Ilíada. Es entendible. Posiblemente la Ilíada y la Odisea hayan sido cantadas durante siglos como una misma obra. A ningún rapsoda se le ocurriría volver a cantar lo cantado previamente. Imaginemos lo siguiente: somos ciudadanos atenienses invitados a un banquete donde un rapsoda canta sobre un aeda que en un banquete canta sobre lo ocurrido en la guerra de Troya sin saber que lo escucha uno de los protagonistas: Ulises, el astuto e ingenioso Ulises. Tal vez la primera myse en abyme de la historia. Todavía faltan dos mil años para que Don Quijote se sorprenda de saber que han escrito sobre las aventuras de Don Quijote.

La cítara suena y la dulce voz de Demódoco lubricada por el vino reverbera en la sala, los comensales lo escuchan en silencio todavía con restos de bocados de ovejas, bueyes y puercos asados entre los dientes. De pronto sucede que alguien llora. El sollozo se mezcla con las notas de la cítara. Demódoco primero cierra la boca y luego deja quieta las manos. Ahora en la sala solo se oye el llanto. ¿De dónde sale? Es el huésped. Se cubre la cara con un manto púrpura. Los hombros y el lomo suben y bajan al compás de sus lamentos. Para distraerlo, Alcínoo propone un juego y Ulises acepta. El banquete se levanta. Tras el juego, Demódoco vuelve a cantar, esta vez sobre Hefesto. Al terminar, Ulises le pide que cante sobre los días finales de Troya y el caballo de madera. Demódoco lo hace movido por un impulso divino. Ulises vuelve a llorar como un niño. A la catarsis se entra por la puerta de la despersonalización. Es el poder de la tercera persona del singular. Como cuando Robin Williams, casi al final Good Will Hunting le relata a Matt Damon su infancia de abusos como si se tratara de otra persona.

Intrigado, Alcínoo pregunta a Ulises: «Dime por qué lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos, de los dánaos y de Ilión». Aun con lágrimas brotando de sus ojos, Ulises lo mira y dice: «Yo soy Ulises Laertíada, conocido entre los hombres por mis astucias de toda clase; y mi gloria llega hasta el cielo».

Ulises se pone a contar sus peripecias a Alcínoo y los otros comensales. Demódoco también escucha. El aeda debe haber memorizado cada palabra para luego enhebrar una nueva y magistral canción. Puede que la génesis de la Odisea se encuentre narrada en la misma Odisea. Las aventuras propiamente dichas de Ulises, el núcleo de la Odisea (el imaginario occidental de lo que es y debe ser la Odisea), están narradas en primera persona. Tiene una estructura narrativa digna de una serie americana. Imagino que si algún contemporáneo se dignara a traducirla en prosa esquivando el tono épico que se la ha venido imprimiendo a lo largo del tiempo bien podría pasar como el bosquejo de una novela de Pynchon. Después de todo, al Popol Vuh lo hemos traducido como si se tratara de un cuento largo de Hemingway.

Tras regresar del Hades, Ulises le pide a Circe que cumpla con su palabra y le indique el camino de regreso a Itaca. Es entonces que ella le advierte del peligro que conlleva cruzar las aguas próximas a la isla de las sirenas. Circe es esa amante que, después de intentar retener a su amado por todos los medios, lo deja partir magnánimamente. Le suelta el cabo. Para Ulises, ningún placer será más fuerte que la llamada de su tierra natal. Ha gozado durante un año al lado de la hija del Sol. Ha descendido a los infiernos y ha regresado para saciar sus caprichos. Ahora no hay hechizo que consiga retenerlo por más tiempo. Ni un día más.

«Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a sus hogares; sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía»

Buscarle a cada canto de la Odisea una minuciosa intencionalidad narrativa es forzar los engranajes de esa máquina en la que se ha convertido. Creemos que el mito es símbolo de algo puro, de una verdad que va y viene entre la frontera biológica y cultural. Hace al menos dos siglos que venimos haciendo un mito de los rastros mitológicos. Nos preguntamos qué hay detrás de esas máscaras y nos olvidamos de preguntar antes por qué es que vemos máscaras en todos lados y si aquello que une la máscara a lo que oculta no es más que un lazo azoroso; el capricho de un aeda, en el caso de la Odisea. Pero nos gusta jugar cuando paseamos por el jardín de la escritura. Acá todo se vuelve más fácil.

La idea de atarse al mastil para escuchar el canto de las Sirenas no proviene de Ulises, sino de Circe: «…mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos…». Ahí tenemos al astuto Ulises siguiendo el consejo de una amante abandonada bastante próxima al despecho. Con la isla de las sirenas a la vista, agarra una torta de miel y la va cortando en pedazos y con esos pedazos tapa los oídos de quienes lo acompañan. Siguiendo las órdenes que les había dado previamente, Perimedes y Euríloco atan a Ulises al mástil. Por ahora, solo se escucha el viento y a las olas lamiendo el casco.

¿Qué cantan las sirenas? Según Pitágoras: «El Oráculo de Delfos es la Tetractis que es la armonía en la que cantan las sirenas». En la entrada del Suda Bizantino que hace referencia a los aeda, se lee: «Y las sirenas cantan a Odiseo lo que más deleite le produce y más encaja en su deseo de conocimiento. Dicen que aquel que escucha la canción regresa a su hogar extasiado y más sabio». De acuerdo a Estrabón: «Lo que lamenta la tuba, lo que los clarines, lo que los roncos cuernos, lo que hace sonar la flauta de mil agujeros y lo que los suaves cálamos, y lo que canta la dulce Aedón, lo que la lira, lo que la cítara, lo que cisne pronto a morir».

Ulises en cambio lo describe así: «Mi corazón solo deseaba seguir escuchándolas». Simple.

En la Ilíada, el canto es un hechizo que se alimenta a sí mismo. No tiene más fin que su medio. La otra pregunta es por qué Ulises se ata al mastil para escucharlo. Por qué no hace como Butes, que no resistió los encantos y se arrojó al mar, dejándose perder. Por qué desear un deseo irrefrenable sin poder gozarlo; o al menos sin tener la oportunidad de. Lo primero que se me ocurre es pensar que Ulises solo está dispuesto a desear sin perdición. Al atarse al mástil, Ulises debería tener un destino insoportable: el deseo de volver a desear seguir escuchando el canto de las sirenas. Mejor sería arrojarse al mar como Butes y nadar hasta la isla para ser devorado.

Somos un cuerpo diseñado por nosotros mismos y por el ambiente circundante. Colaboran las mutaciones al azar y el tiempo en las cuales se deslizan. La forma del pene, por ejemplo. En los primates, el pene tiene forma de bastón (báculo) y es determinante para la estrategia de erección. Son pocos los mamíferos que carecen de báculo. El pene del ser humano es más grande en proporción y su erección se basa en un complejo sistema de vasocompresión que cambia su tamaño en apenas segundos; su flexibilidad y forma le permiten aumentar exponencialmente las posibilidades de copulación. La evolución y la preferencia sexual de las hembras en una especie en proceso de hominización fueron diseñando el pene del macho de la misma manera que el macho fue diseñando el cuerpo de la mujer, prefiriendo y reproduciéndose con hembras que poseyeran determinadas características físicas. Pero en el fondo, como una borra decantada, está el placer arbitrando. «El objeto de deseo es lo agradable», escribió Aristóteles. De entre todas las facetas que hemos ido reconociéndonos a lo largo del tiempo, está la de ser máquinas de placer impulsadas por el deseo. El placer inmediato y absoluto del acto sexual es una de las más importantes ventajas adaptativas de nuestra especie. Sí, somos bípedos, tenemos un pulgar prensil, tenemos un cerebro grande, tenemos el lenguaje, pero tenemos hembras que no manifiestan físicamente su período de ovulación y machos que no necesitan del celo de las hembras para excitarse, tenemos un deseo continuo e ininterrumpido que trasciende las estrategias biológicas de reproducción, un lazo desde el cual la naturaleza nos tira constantemente hacia aquello que nos provee placer. Durante milenios, se ha pensado, interpretado y expresado al sexo como el acto más animal del hombre cuando en realidad es el más humano. Como Prometeo cuando se roba el fuego, nosotros tomamos por la fuerza el placer sexual como ventaja adaptativa para la reproducción de la especie y lo transformamos en un fin en sí mismo.

Los griegos pensaron al deseo carnal como una fuerza que debía ser atentamente modulada por el hombre. Claro que para Platón el cuerpo no presenta deseos, ya que el deseo es un impulso que nos lleva hacia eso que el cuerpo carece. Llamaron epithymia a lo irrefrenable. Estaba íntimamente relacionado con la búsqueda de los placeres del cuerpo, la aphrodisia. Según Aristóteles, la mecánica del alma humana respecto al deseo era: «… el intelecto manda resistir ateniéndose al futuro, pero el apetito se atiene a lo inmediato y es que el placer inmediato aparece como placer absoluto y bien absoluto porque se pierde de vista el futuro…». La epithymia desarticula el logos y nos congela en el presente. Cuanto más intenso es el deseo mayor es la pérdida de referencia temporal. Ulises, desde el mástil, ruega ser desatado. Desea seguir escuchando. Tirarse al mar y recorrer a nado ese puente acústico que las sirenas le han tendido. Llegar a orillas de la isla, levantar la cabeza, correrse el pelo mojado que le tapa los ojos y ver a esas criaturas mitad mujer mitad pájaros (faltan siglos para que sean representadas con cola de pez) recostadas sobre un lecho de osamentas. Sí, otros hombres han sucumbido a lo irrefrenable. Ahí están sus devoradoras desperezándose arriba de los huesos.

Me hago una pregunta infantil y un poco estúpida: ¿cómo es que las sirenas logran someter físicamente a los hombres que caen a sus pies? ¿Cómo llegan a devorarlos? Para responderme, me arriesgo a decir que hay razones para que sean dos y no una. Mientras la víctima esté viva el canto no puede apagarse. Entonces se irán turnando. Una de ellas muerde y mastica el cuerpo del hombre. Este hombre seguramente siente dolor. Pero la otra sirena, con su voz, alimenta ese deseo irrefrenable que lo llevó hasta ahí. El canto es lo ilimitado de lo ilimitado, y por eso mismo es incapaz de producir goce. «Mi corazón solo deseaba seguir escuchándolas». ¿En qué termina? En algún lado del Filebo, Platón le dice a Protarco que solo la conclusión de los deseos produce placer, aunque no su término. Porque el deseo debe continuar. Siempre lo hace. Una y otra vez. Sus cenizas a veces no tardan nada en volver a juntarse para renacer. Agarremos una rata macho y pongamosla en una caja con tres hembras en celo. Copulará consecutivamente con cada una de ellas. Nada novedoso. Claro que cuando termine con la última va a tardar un buen rato en volver a excitarse. A no ser que le pongamos una cuarta rata hembra en la caja. En ese caso, el deseo renacerá inmediatamente, como por arte de magia. A este fenómeno los investigadores lo bautizaron como efecto Coolidge en honor al presidente de Estados Unidos. Algunos le dicen período refractario.

Volvamos a las sirenas que se van turnando para devorar al hombre. El hechizo del canto es irrefrenable, mientras se lo oye, no hay futuro por contemplar, no hay pasado por recordar, solo un presente que lleva a desear seguir escuchando aquello que hace desear seguir escuchando y así. Imagino que el dolor (la carencia de una carencia) provocado por ese canto debe ser superior a la sensación de ser devorado con el corazón aun latiendo. ¿O el placer está justamente ahí, en dejarse llevar a las fauces, en ser arrancado y masticado y tragado y digerido? Es del hambre (el apetito) de donde nace el erotismo. O eso fue lo que leí alguna vez.

Había una vez uno de esos típicos pensadores franceses que compró un famoso cuadro. Eran las piernas abiertas de una mujer mostrando la concha (además de ser un término que solo debería usarse en los manuales de medicina, vagina no le hace honor al cuadro). Tenía un nombre divertido: «El origen del mundo». Lo había pintado Gustave Courbet casi 90 años atrás. El cuadro tenía una especie de maldición, nunca había estado colgado a la vista. Siempre, siempre, siempre «El origen del mundo» había estado oculto bajo otro cuadro.

Jacques Lacan estaba ahora casado con su segunda mujer y vieja amante, Sylvia. La había conocido a través de su amigo George Bataille, nada más y nada menos que su anterior marido. Dos grandes pensadores del deseo seduciéndose entre ellos a través de una mujer. Solo a los franceses les suceden esas cosas. Pues bien, cuando en 1955 Lacan compra “El origen del mundo” no lo cuelga en su departamento de Paris sino que decide llevarlo a su casa de campo en Guitrancourt, cerca de Mantes-la-Jolie. Al verlo, Sylvia dice: «Los vecinos o la muchacha de servicio no van a entender». Entonces Lacan decide meterlo en su despacho y llama al cuñado de Sylvia, André Masson, para que arme un nuevo escondite. Masson fabrica un panel de madera donde se reproducía una pintura abstracta que camuflaba el cuadro de Courbet. Aunque se toma la molestia de diseñar un sistema que permite deslizar la madera y así dejar al descubierto el original. Se podían contar con los dedos de una sola mano las personas que sabían que Lacan era dueño de «El origen del mundo». A veces se encerraba en el despacho únicamente a mirarlo. Lo tenía de rehén. O más bien tenía de rehén a esa mujer enredada entre sábanas blancas que Courbet había retratado. No se me ocurre una perversión más simpática que esa.

Por esa misma época es que Lacan comienza a trabajar en sus seminarios claves. Venía dándole vueltas por la cabeza la figura de la mantis religiosa. Ya había definido la angustia de manera formidable inspirándose en lo que uno de sus maestros, Alexandre Kojève, le había transmitido cuando intentaron escribir un texto a cuatro manos que confrontara a Freud con Hegel: «La angustia es la sensación del deseo del Otro». ¿Qué tiene que ver la mantis religiosa con todo esto? ¿Qué tienen que ver las sirenas que devoran al hombre mientras le cantan? Momento. La cosa según Lacan es más o menos como sigue: estamos en un ambiente cerrado. Llevamos puesta una máscara. Pero no sabemos qué máscara es. Entonces aparece una mantis religiosa hembra frente a nosotros. Tiene nuestro tamaño (1,75 metros en el caso de Lacan). En su ojo podemos ver reflejado lo que hay detrás nuestro, pero no llegamos a vernos. En realidad es peor aún ya directamente no devuelve nuestra imagen. Mala suerte. ¿Qué mascara llevamos? Si fuera la de una mantis religiosa macho, bueno, en ese caso estamos perdidos. Eso es angustia. Qué objeto somos para el otro. Qué sensación del deseo del Otro producimos. Qué soy.

Las cosas suceden de otro modo: Ulises logra desatarse y se tira al mar y mientras una sirena le canta la otra empieza a devorarlo. Las mordidas le duelen y el canto le provoca aún más deseo. Pero es un deseo que nunca concluye. Una rata hembra tras otra. Sin descanso. Me pregunto si existe peor pesadilla que esa. ¿No está Ulises ahora más allá de la angustia? Atarse al mastil es ser cobarde, arrojarse al mar es temerario. Es todo muy complicado. A veces creo que no hay opciones. Lo cierto es que, de alguna forma u otra, terminaremos siendo devorados.

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