El movimiento felipista

Vanuatu es un archipiélago en el Pacífico ecuatorial, unos dos mil kilómetros al norte de Australia. Habitado desde que existe el mundo por polinesios, los primeros europeos en llegar fueron los españoles, en 1605, que lo bautizaron “Islas del Espíritu Santo”. A casi dieciocho mil kilómetros de Madrid, aplastantes razones geográficas hicieron que España no pudiera ejercer, de hecho, ninguna soberanía. Doscientos años más tarde las islas serían puestas en un condominio franco-británico, bajo el nombre de “New Hebrides / Nouvelles Hébrides”. Las Hebridas son unas islas al norte de Escocia, muy distintas a cualquier archipiélago tropical. En 1980 se declaró la República de Vanuatu, un país de doscientos cincuenta mil habitantes, miembro del Commonwealth, y cuya moneda es el vatu, una de las pocas que no tiene división equivalente al centavo: la unidad más chica del vatu es, simplemente, un vatu. En cada isla de las miles que conforman Vanuatu viven tradiciones, leyendas y cuentos.

Por ejemplo, en el pequeño poblado vanuatense de Yaohnen, isla de Tanna, provincia de Tafea, donde se cultivan el café y el cacao, dice la tradición oral que, hace muchísimos años, el espíritu de un hombre muy pálido que vivía en la montaña viajó a un lugar muy lejano y frío, donde se casó con una mujer muy poderosa. Continúa la leyenda diciendo que el regreso de ese hombre a Yaohnen marcará el inicio del Paraíso, de la Tierra Sin Mal.

En 1974 la Reina Isabel y Felipe, Duque de Edimburgo, viajaron a Vanuatu en el marco de una gira por Oceanía. Estuvieron unos pocos días en la capital, Port Vila, y no pisaron la isla de Tanna, provincia de Tafea, pero la noticia por supuesto atravesó el mar y se hizo conocida en todo el archipiélago. Cuando se enteraron, los habitantes de Yaohnen llamaron a sus sabios ancianos y, tras arduas deliberaciones que duraron varios días, decidieron que la fenomenal visita del matrimonio, con una mujer muy poderosa que había generado el respeto de todas las autoridades de Vanuatu, solo podía tener una explicación: aquel dios, cuyo espíritu viajó lejos y al frío y que se casó con una mujer poderosa, era, sin lugar a dudas, Felipe, el Duque de Edimburgo, que ahora volvía para darles la bienvenida al Paraíso.

El Duque se enteró de su club de fanáticos cuando ya había abandonado Vanuatu y, suponemos que con un dejo de sorpresa, les envío algunas fotografías autografiadas. Hace unos años el Daily Mail le pagó el pasaje a Yaohnen a un periodista, que comprobó que las instantáneas fueron instaladas sobre un altar en el centro del pueblo. En octubre pasado estuvo en la isla de Tanna, provincia de Tafea, la princesa Ana, pero no recibió el trato que se merece la hija de Dios. Por el contrario, la noticia pasó desapercibida salvo para algunos diarios británicos que, con el humor habitual, hablaban de escribir el “evangelio de la insensibilidad cultural” que caracteriza al Eterno de los felipistas.

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