La masacre del Zong

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La esclavitud es una practica milenaria, pero el comercio de esclavos para el Nuevo Mundo no tiene parangón. Se calcula que unos 24 a 30 millones de seres humanos fueron capturados y esclavizados en África entre los siglos XV y XIX. De ese total, 12 a 15 millones fueron transportados al Nuevo Mundo para vivir y morir en las duras condiciones de sus plantaciones y minas. Los números en sí son una tragedia pero lo son más si tenemos en cuenta que, durante esos siglos, la población total de África era de unos 80 a 100 millones de personas.

No todos los esclavos que salieron de África llegaron al Nuevo Mundo porque antes del calvario de las plantaciones tenían que transitar el infierno del cruce del Atlántico

El cruce del Atlántico

El cruce del Atlántico duraba dos meses, más si había calma o tormentas. La mayor parte de los esclavos eran encadenados bajo cubierta en un espacio tan diminuto que tenían que recostarse de costado, pegados uno al lado de otro, como sardinas en una lata. Nunca lo sabremos con certeza pero se calcula que entre 2 y 5 millones de esclavos murieron durante el cruce.

Las condiciones a bordo eran terribles. En 1790 Alexander Falconbridge, que había trabajado como médico a bordo de barcos de esclavos, fue interrogado por la Cámara de los Comunes y contó lo siguiente:

“Los esclavos tenían menos espacio, de largo y de ancho, que el que tiene un cadáver en su ataúd. Para ellos era imposible darse vuelta o moverse con facilidad. En varias ocasiones yo tenía que atravesar su lugar de confinamiento; antes de hacerlo me quitaba los zapatos pero, sin importar el cuidado con el que caminaba, siempre los pisaba. Muchas veces me mordían o raspaban los pies, todavía tengo las marcas”.

La comparación con un ataúd no es ociosa. Los esclavos pasaban estos meses apretujados en una atmósfera hedionda, revolcándose en su propio excremento, encadenados y con sus cuerpos consumidos por la desnutrición, la enfermedad y el horror.

No es extraño entonces que un 20% de los esclavos muriera durante el cruce del Atlántico: morían de disentería,  de hambre, de sed, morían -los afortunados-, por su propia mano y morían de pena. Las ejecuciones eran comunes y las mujeres esclavas también sufrían otra indignidad: la violación por sus captores. De todos estos factores, el principal asesino era la enfermedad.

Y fue justamente una plaga a bordo de un buque una de las causas del fin del comercio de esclavos por el Atlántico.

El Zong

En 1781, el capitán del buque esclavo Zong, Luke Collingwood, cometió una de las mayores atrocidades en la historia de este inhumano tráfico. El buque había zarpado de África Occidental con destino a Jamaica y una sobrecarga de esclavos. El viaje se demoraba y las enfermedades ya habían acabado con unos 70 esclavos y con 7 miembros de la tripulación. La carga estaba asegurada pero las condiciones de la póliza establecían que si los esclavos morían en tierra, o de causas naturales abordo, el seguro no respondía. Pero el seguro sí debía responder si los esclavos eran arrojados por la borda por falta de agua. Collingwood y sus oficiales decidieron sacrificar a los más débiles. El 29 de abril de 1781 la tripulación del Zong arrojó por la borda a 54 mujeres y niños, días después arrojaron por la borda 42 hombres y, al poco tiempo, fueron asesinados otros 36.

El Zong arribó finalmente a Jamaica el 22 de diciembre de 1781, con 208 esclavos a bordo, luego de 18 semanas de viaje. El capitán Collingwood, que enfermó durante la travesía, falleció a los pocos días de llegar a puerto, junto con otros 30 esclavos.

El caso llegó a los tribunales pero no por la matanza, claro, si no por un tema de seguros: Los dueños del barco afirmaron que el seguro debía responder porque los esclavos asesinados habían sido arrojados por la borda por razones de extrema necesidad: la falta de agua. El seguro, por su lado, afirmó que el barco contaba con suficiente agua y que el supuesto estado de necesidad se había debido a la torpeza con la que el Capitán Collingwood navegó su buque: el viaje había durado 18 semanas en vez de las 6 semanas habituales.

El caso fue juzgado por un tribunal presidido por Lord William Murray, Primer Conde de Mansfield, uno de los juristas más finos de su época. La causa se llamó Gregson v. Gilbert. Para los miembros del tribunal, la regla legal era clara:

“Se ha decidido y no viene al caso si la decisión es sabia o no, que una porción de nuestros congéneres pueden ser objecto del derecho de propiedad. En definitiva, este es un caso en el que se arrojó bienes por la borda para salvar al resto. Lo que hay que resolver es si existía real necesidad de hacerlo”.

El tribunal falló a favor de los aseguradores y ordenó más actuaciones para determinar si había existido o no necesidad de arrojar la carga por la borda.

Pero la muerte de estos 132 infelices no fue en vano. Varios abolicionistas se interesaron en el caso y uno de ellos, Granville Sharp, intentó que los oficiales del Zong fueran juzgados por asesinato. La causa no prosperó pero incentivó a un grupo de reformistas a fundar la Sociedad para la abolición del tráfico de esclavos, en 1787. Fueron los británicos, los principales beneficiarios del comercio esclavo, los que lideraron la causa abolicionista.

Gran Bretaña abolió la esclavitud en el año 1833 pero los abolicionistas, entre los que se contaba el pintor J.M.W Turner, pedían que Gran Bretaña, como señora de los mares y potencia mundial, presionara para abolir la esclavitud en todo el mundo. Como parte de este esfuerzo, Turner pintó el cuadro que ilustra este artículo, que recuerda la matanza del buque Zong.

El último barco de esclavos que se conoce atracó en Cuba en enero de 1870. El último país del hemisferio occidental en abolir la esclavitud fue Brasil, en mayo de 1888.

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