La Hora del Apocalipsis Ahora

Apenas tuve conocimiento de que a Servio Sulpicio Galba, contra su voluntad, se le había encomendado seguir el rastro la Banda de los Sulacos, juzgué esa decisión como un castigo propinado a la ineptitud del delegado de la O.N.U. La región oriental de Surinam, destino de la Marcha de Osinde, tiene fama de ser una tierra hostil gobernada por la anarquía silvestre; una pesadilla para la civilización diplomática que representa Galba, con quien ahora siento alguna empatía y hasta solidaridad. La Organización de las Naciones Unidas debería revisar su penosa batida: Marowijne no es un país para embajadores. Ni para periodistas, señores de FOPEA. Unirme a la expedición de búsqueda, como amablemente proponen, va a contrapelo del prestigio de un ganador del Premio Rodolfo Walsh, razón por la cual no estoy dispuesto a dejarme seducir por insinuaciones ni caer en la tentación del “periodismo-aventura”, la perdición de muchos buenos profesionales.

Mi sitio como cronista es en la seguridad de Paramaribo, cuna de la guerra civil cuyo fragor ha llegado al cenit. Reportando las novedades del frente. Por ejemplo: durante el fin de semana, los guerrilleros presbiterianos atormentaron al ejército nacional con artillería pesada. Varias brigadas, sufriendo bajo la precisión de los obuses y las flechas, fueron arrinconadas en un cuartel de bomberos voluntarios. Este revés fue interpretado de modo brutal por el gobierno de Surinam: “el derramamiento de sangre cesará cuando el enemigo se haya desangrado”, explicó el Ministro de Conflagración y Armamento.

Entretanto, Wildrefonso de Jacques no ceja en su empeño de atrapar a Franklin Kemper. Días atrás puso en riesgo la buena predisposición de quienes financian la búsqueda invirtiendo varios millones de dólares en comprar un islote desierto cuya ubicación, reveló el célebre cazador de gurúes, estaría a vuelo de pájaro del Portal de Caribdis que conduce a la ciudad abisal de Orus, adonde habría huido Kemper.

Por desgracia, la pesquisa que había puesto en valor la lucha contra la parafilia, tomó un cauce sombrío. Las autoridades de Paramaribo, pese a estar exhaustas por la economía de guerra, debieron asignar numerosos efectivos policiales para reforzar la custodia de las Universidades Criptográficas después de que sufrieran asaltos sucesivos en sus laboratorios. Todos los decanos, sin excepción, atribuyeron los embates a una organización paramilitar conocida como “Los Cascos Negros”. Según fuertes versiones, estos mercenarios estarían al servicio de Don Wildrefonso de Jacques, con la única meta de apropiarse del horrocrux parafílico.

No es de extrañar que en esta hora tan lúgubre, cuando el apocalipsis se cierne sobre el ahora, este cronista se vea empujado a abandonar el núcleo de los acontecimientos. De ser así, aprovecho este espacio para enviar un tropical saludo a los lectores incondicionales y a la patronal de Revista Blog; prometo suplir el vacío con material novedoso y comprometido.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: