Los libros sibilinos

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La Sibila de Delfos (detalle de la Capilla Sixtina)

La historia, o la leyenda, transcurre en el siglo VI a.c. Por entonces Roma todavía era una monarquía gobernada por el séptimo y último de sus reyes, Tarquino el Soberbio.

Un día se presentó ante el Rey una anciana mujer, que venía de tierras lejanas. Era una profetisa, la Sibila de Cumas. Traía consigo nueve extraños libros. Estos, decía ella, habían sido escritos con los favores de los Dioses y contenían profecías sobre el futuro de la ciudad y del Rey. Estaban a la venta por 300 monedas de oro, suma exorbitante para el soberano de una pequeña ciudad perdida en medio de Italia. Roma no era la Roma que conocemos: faltaban siglos para la derrota de los cartagineses y la conquista de las Galias. Faltaban siglos para que esas pocas calles ventosas se multiplicaran y poblaran de magníficos monumentos de mármol.

Tarquino rehusó pagar esa suma de dinero.

La profetiza arrojó tres libros a un brasero cercano. Luego, ofreció venderle al Rey los seis restantes. “¿A qué precio?” preguntó Tarquino. “El precio sigue siendo 300 monedas de oro”, contestó la anciana “En estos libros está escrito tu destino”.

Tarquino se rió y con él se rió toda su corte.

La profetiza arrojó entonces tres libros más al fuego. Mientras las llamas los consumían ofreció vender los tres restantes. El rey, sorprendido por la insistencia, preguntó otra vez el precio. “300 monedas de oro”, contestó nuevamente la síbila. Tarquino dudó y llamó a sus propios augures. Estos se lamentaron de que seis preciosos libros hubieran perecido en el fuego y recomendaron pagar las 300 monedas de oro por los tres restantes.

Tarquino pagó el precio, la mujer entregó las menguadas profecías y se marchó.

Los libros sibilinos, así es como los conoce la historia, fueron atesorados en el Templo de Júpiter y eran consultados en los momentos mas aciagos de la ciudad. Puede que Tarquino mismo los haya indagado algún tiempo antes de que una revuelta de la aristocracia acabara con la monarquía y lo condenará a morir en el exilio. Tal vez las profecías no le dijeron con claridad que la pasión desenfrenada de su hijo Sexto por Lucrecia, acabaría con su reinado. O tal vez, en su arrogancia, no quiso creer en ellas.

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El Emperador Marco Aurelio frente al Templo de Júpiter

Ya durante la República, en el año 82 a.c., el Templo de Jupiter pereció en un incendio y con él desaparecieron los libros sibilinos. El Senado envió entonces embajadores a todo el mundo conocido a fin de agenciarse con nuevas profecías de entre las cuales, expertos, seleccionaron aquellas que de verdad provenían de los Dioses. Estas fueron depositadas en un reconstruido Templo de Jupiter donde permanecieron desde entonces. Para la época del Imperio, siglo I de nuestra era, circulaban por la ciudad cientos de libros de profecías. Estos libros eran usados para las más variadas razones, incluyendo la agitación política. Por esa razón, el Emperador Augusto ordenó recolectar y quemar la mayoría de ellos. El resto fueron nuevamente atesorados.

Pasó el tiempo, el mundo cambió. Casi mil años después de la visita de la sibila Roma ya no era la misma Roma. Los viejos Dioses habían sido relegados y, en su reemplazo, el hijo de un carpintero era adorado en la Cruz. El imperio estaba agobiado y sitiado por enemigos externos e internos. Nadie tenía tiempo para viejas profecías que, con seguridad, nada bueno anunciaban a los desfallecientes romanos. En el año 405 de nuestra era pocos se quejaron cuando el general Flavio Estilicon ordenó quemar los libros sibilinos.

Cinco años más tarde, muerto ya Estilicon, Alarico, Rey de los Godos, saqueó la ciudad que había conquistado a gran parte de la humanidad, le había dado sus leyes y su lengua. En pocos años, el Imperio Romano dejaría de existir en Europa.

¿Quién sabe? Tal vez los libros sibilinos también profetizaron eso.

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